El devorador de almas
El devorador de Almas
La habitación era un amplio receptáculo cuadrangular, al que se accedía desde el salón, a través de una puerta de dos hojas de vistosas y polícromas vidrieras con motivos florales. Las paredes estaban totalmente ocultas por una estantería repleta de libros, salvo el espacio reservado a los dos amplios ventanales y la puerta de acceso. Sobre el techo, cuatro focos de poderosa luz alumbraban las tres pequeñas mesas de lectura, resguardadas por dos sencillas sillas de madera, que junto con el sofá, la lámpara de pie que lo cobijaba y una pequeña mesilla, casi un velador, constituían el mobiliario del habitáculo.
Y allí estaba él, como si repentinamente le hubiera vencido el sueño, recostado en el sofá, el libro abierto en su regazo, la cabeza, ligeramente ladeada, reposando sobre el respaldo, y los brazos colgando desde el diván, con un leve, ligero, apenas perceptible, balanceo.
Así lo vio ella cuando entró en la sala. Se acercó con la intención de acariciarle y al posarle la mano sobre el hombro, ahogó un grito... y él se deslizó sobre el sillón con todo su peso, como el cuerpo inerte que era, quedando suspendido sobre el brazo del sofá, con los ojos abiertos, en blanco, y la facciones del rostro arrugadas, como comprimidas, destacando sobre ellas la boca, torcida en una mueca grotesca... y mientras ella se cubría la cara con ambas manos, el libro se cayó al suelo... y al recogerlo, comprobó que todas las hojas estaban en blanco... excepto el título: "El devorador de almas".
Entretanto, colina abajo, en la iglesia del pueblo, las campanas tocaron a muerto... y su tañido llegó hasta ella como un eco lejano... el sonido de la ausencia...
Mientras en el éter infinito, sobre la noche espectral, tan sólo brillaban dos luceros y la luna llena, que se ensombrecía por momentos, titilando, como si las ánimas de los difuntos pasasen en ascendente procesión por delante de ella, velándola.
Y al mirar hacia la luna, sintió que la incipiente negrura de la noche se adueñaba también de la casa y la oscuridad le oprimía el corazón, puesto que él había partido y ella ya sabía de lo ineludible de su destino...
Por lo que, ajena a su alrededor y olvidado ya el terror, enjugó sus lágrimas, tomó el libro en sus manos y buscó una marca entre sus virginales páginas, para continuar en donde él lo había dejado...
Última edición por epitafio fecha: 09/02/08 a las 14:18:13.
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