Para la muchacha de Loreto, Zacatecas
Miré a la muchacha del pantalón de mezclilla azul caminar hacia el atardecer.
Llevaba la blusa fucsia donde se congregaron los últimos destellos de los ojos del Sol.
Las campanas de la vieja iglesia convocaban a la última oración del día.
Adultos y niños revoloteaban impacientes en el pequeño espacio destinado a la antesala del templo.
Ella se conservó inalterablemente sublime.
Probablemente, como todas las tardes, su pelo largo, negro como el fin del Universo, sirvió de pantalla para los mil colores destellados por los pálidos faroles de la atestada plaza.
El párroco, hombre de avanzada edad, estuvo bañado de matices inusuales.
Sospeché… es debido a su cercanía a la muchacha que viste de rosa y azul y donde la vida se ha quedado plasmada en el oscuro largo de su lacio pelo.
La primera fila en la nave principal de las viejas parroquias es solamente para los luceros.
Tal afirmación me la confirmó un agudo aullido que me tembló en los labios.
Para ángeles encubiertos que preludian maravillas de reinos desconocidos la muchacha es tan solo una tímida visita en el atrio terrenal de las esperanzas.
Acaso su misión etérea busca doblegar mi laudo de no permitir ser alguno en las residencias mustias de mi deliberado ostracismo?
Al término, la bendición quedó huérfana porque requería la acepción de la centella prófuga de alguno de los infinitos.
Una estela fría confirmó su partida y los rostros de las imágenes empotradas en las paredes del pequeño santuario continuaron inmutables.
Nuevamente fuera, sus pasos marcaron el ritmo de rotación de mi pequeño mundo.
Nunca se percato de mi cercanía ni de mi mirada mucho menos de lo que pensaba por ella.
Envejecida la tarde y sacudiéndose el último brillo de claridad, los aromas mecieron suavemente sobre la tranquila población una mueca de amor.
Luego de ese día, solamente la mire caminar en mis recuerdos.
Se me hace que su partida conjuró esa mística melodía con la que los atardeceres se dormían.
Días después escuché a una anciana comentar, en una banca frente a la ermita, que en Loreto, Zacatecas, el espíritu de Dios inspiró las más deslumbrantes de las constelaciones.
Que en ese lugar uno podía soñar incluso en el punto más alto del Sol.
Entonces, el fulgor del meteoro avistado días atrás y ahora lejano, aquella exhalación rosa y azul, tenía que proceder de Zacatecas.
Y descender de Loreto, lugar donde probablemente transitan los ríos más apacibles y donde el color de las montañas convierte en serenidad las más álgidas pasiones.
En Loreto, la respiración se hace queda y silenciosa.
Gira y todo se detiene.
Es donde las providencias se dirigen a descansar y los hados lavan sus rostros para luego vestirse de infinitud.
Juan Espinoza Cuadra
Ramos Arizpe, Coahuila.
Marzo 8 de 1999.
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