Aventuras y desventuras de José Bartolomé (fragmento)
Bueno, hoy me toca ir de osado y dejaré aquí parte del primer capítulo de una novela que estoy escribiendo y que no sé si llegaré a concluir...
I
José Bartolomé amaba los barcos, eran su pasión. En realidad le hubiese gustado haber sido marino de guerra y capitanear una fragata, pero hubo de conformarse con vivir entre pesqueros y bajeles comerciales.
Empezó muy joven. Con apenas 12 años ya se hizo a la mar, a bordo del "Santa Águeda", un pesquero de 15 metros de eslora, dotado de todos los avances en navegación para la época y con 10 tripulantes a bordo, incluido el patrón, Manuel Heredia, hombre ya veterano, con fama de exigente, pero también de ecuánime y honrado, curtido ya y superviviente de tres naufragios, lo que le había convertido en un hombre experto y profundamente religioso. José Bartolomé se enorgulleció siempre de contar con su amistad.
Junto con su abuelo, Manuel Heredia fue el hombre al que más admiró en su azarosa existencia; y cuyo ejemplo fraguó en él de tal modo que, años mas tarde, en su lecho de muerte, dejó como sentencia para la posteridad: "Sólo me cabe haber sido, haberlo intentado, tan buena persona como Don Manuel Heredia, por siempre mi capitán". Y en su vida, nada más hubo de partirse la cara con rufianes y malandrines en mentándole a Dios en lo divino, o a Don Manuel Heredia en lo humano.
Veinticuatro meses duró esa su primera travesía, dos eternos años de inagotables tareas, en los que el olor a pescado se le metería tan en la piel que ya no saldría jamás de su cuerpo. Dos años seguidos, en alta mar, casi sin ver la costa, salvo las lonjas de los puertos donde descargaban el pescado (y con 12 años). Sin amigos, sin juego, sólo trabajo, arduo y doloroso, penoso trabajo. Recogiendo redes, zurciéndolas, baldeando la cubierta, halando cabos, untando brea y ante todo y sobre todo, limpiando y seleccionando la pesca, curtiéndose de escamas y salitre.
Hubiese sido la desesperación y la muerte para aquel rapaz, de no mediar Manuel Heredia; Durante su tiempo libre, el poco del que disponía, Manuel se dedicó al cuidado de José, lo acogió bajo su protección y tutela, le prestó libros, plumieres y papel (inusuales en esa época, en ese ambiente y en un pesquero, pero que Manuel Heredia siempre llevó consigo) y le enseñó, a la par que el arte de la navegación, a leer y escribir y no sólo a cómo interpretar las cartas náuticas, sino también los libros y cómo dirigirse por escrito a sus superiores, a los subordinados, a los amigos. También le enseñó a redactar lisonjas y requiebros con los que agasajar a las damas y que tan útil le resultaría en el futuro.
José Bartolomé se preguntaba cómo era posible que un hombre como Manuel, tan sabio y erudito, galante y educado, un experto y avezado marino, merecedor si acaso del almirantazgo, pudiese estar como mero patrón de un humilde pesquero y no gobernando un buque de guerra; no entendía cómo no "capitaneaba el más grande y poderoso bergantín que los mares surcare..."
II
Pero pronto sabría el porqué. Dos años más tarde, en su segunda aventura náutica, cuando se enroló en la goleta "Marcus III", le fue relatada la historia del grandioso y afamado bergantín "Rey Don Carlos", a cuyo mando se hallaba el más insigne de los Capitanes con que la patria dotó a su marina, Don Manuel Heredia y Cifuentes, herido en mil batallas e invicto en todas ellas, azote de piratas y corsarios, el más temido por sus enemigos, condecorado con todos los honores e insignias que en el reino había y sobreviviente de tres naufragios y a la sazón, duque de Segarra y Ministro Plenipotenciario de Su Alteza Real, el Rey Carlos IV de España.
Pero hete aquí que, al pasar el trono de D. Carlos IV a su hijo, Fernando VII, cayó la estrella de este ínclito capitán de capitanes, aunque, ya sin honores, siguió sirviéndole como soldado y hubo de acatar órdenes que no sólo no eran de su agrado, sino que entraban en conflicto con su conciencia. Ése fue su mal (haber nacido en mala época), pues, como Mío Cid, nunca tan buen súbdito tuvo tan nefasto rey...
III
Manuel había servido bajo el rey Carlos IV, participando activamente en cuantos desórdenes se producían en la mar, durante la guerra de la independencia, en un principio, a las órdenes directas de Godoy y tras las conspiraciones de Fernando VII contra aquél, le fue encomendado el mando de la flota con el fin de mantenerlo lejos de palacio y con la excusa de las colonias en América, que habían decidido proclamar su independencia (la política absolutista y despilfarradora de tan nefando monarca fue la causa). Pero incapaz ya de defender a un rey títere y cretino, que con la ayuda francesa, derribó las cortes españolas para instalarse como monarca absoluto, optó por dejar la marina y retirarse a buen puerto, pues su esmerada educación (cultivó incluso la amistad de Goya, al que conoció en la Casa de los Alba) jamás le permitiría alzarse contra su legítimo monarca (aunque quizá España se lo hubiera agradecido, de haberlo hecho). Pero ante el despotismo de ese infame monarca y las constantes y peligrosas intrigas palaciegas, Manuel Heredia vio peligrar, no ya sólo su retiro, sino su vida. Por lo que decidió olvidarlo todo y partir en pos de nuevos puertos, embarcándose como patrón en un buque de pesca. Y eligió el "Santa Águeda", al ser éste el más moderno y preparado de cuantos surcaban los mares en la época. Y en él conoció a José Bartolomé.
Pero esto ya es otra historia, que no sé si contaré...
Re: Aventuras y desventuras de José Bartolomé (fragmento)
Interesante historia: nada convencional, y bien relatada (aunque cuidaría que las oraciones no sean tan largas -en especial, en la tercera parte-). Me gustó bastante; esperaré a ver la continuación. Te felicito
¡Saludos!
El siguiente usuario le dice Gracias a Fernandooo1 por este útil post: