Para acceder a la vivienda, tenía que traspasar la verja, que, como en espera de su llegada, se encontraba abierta. Desde allí, tras un par de zancadas, se hallaban dos amplios escalones de mármol, flanqueados por la barandilla y que terminaban delante de la inmensa puerta de madera barnizada en caoba. Notábase en ella la mano del ebanista, por las molduras esculpidas en el marco, el sutil torneado de su contorno y el primoroso resalto que destacaba sobre la puerta. Y como aldaba, habíase tallado un desnudo cuerpo de mujer, del tamaño algo mayor que una mano, exquisitamente acabado y cuyas delicadas formas llevaban a los sentidos a perderse en ensoñaciones más propias de una fogosa juventud, que de la madura prestancia del visitante. El autor de esa puerta no sólo amaba la madera, sino a la mujer que posó para él y que tan bellamente fue esculpida. Y al tomarla con su mano para llamar, sintió como si algo hubiese sido mancillado. Fue tan solo un leve estremecimiento, una sensación de desasosiego que duró milésimas de segundo, como si hubiere tocado en verdad el cuerpo virgen de la mujer y lo hubiere deshonrado con su lujuria. Retiró avergonzado y velozmente la mano y la aldaba cayó sobre el llamador con un golpe seco, muy tenue al principio, pero que fue tomando fuerza, como si una orquesta de violines iniciase una tarantela de armoniosa lírica, finalizando en un par de bruscos acordes, que podían oírse en cualquier estancia de la casa. La puerta se abrió ante él, y un muchacho le recibió sonriente. Intentó decir algo, pero él, con un leve gesto se lo impidió, invitándole al mismo tiempo a traspasar el umbral y penetrar en una amplia sala, que hacía las veces de distribuidor y recibidor. Cuatro enormes columnas de mármol la custodiaban, así como protegían la estructura del edificio. El marmóreo suelo hallábase bellamente alfombrado y las paredes de la estancia dejaban ver hermosos tapices de alegres motivos campestres. Y frente a él, unos ojos, dos enormes, negros y profundos ojos de mujer. Dos ojos que le traspasaban y le indicaban, sin palabras, que los siguiese... Y los siguió... Siguió a la mujer como hipnotizado, a través de la sala y hacia una puerta semioculta, que se confundía en la pared y pareció abrirse sola en cuanto llegaron a su altura, y nada se veía de su interior, tan solo negrura, una absoluta opacidad (en contraste con la luminosidad de la estancia en que se hallaba), que desconcertaba al visitante y a la vez le llenaba de temor. Se dirigía hacia la oscuridad y sus sentidos se ponían a la defensiva, si bien el andar firme y decidido de la mujer que le precedía le tranquilizaba. Recordó porqué había llegado hasta allí y sonrió. No fue más que un atisbo de sonrisa, pero lo suficiente para liberar su angustia, relajarse y afrontar el devenir con menos inquietud. Penetró en la sombría sala tras la hermosa doncella y de repente, se sintió solo, absoluta y totalmente solo, como si fuese él el único habitante del mundo y nadie más existiese. Y esta inenarrable y agobiante sensación se hacía más intensa conforme transcurrían los segundos. Ni una brisa, ni un aroma, ni un hálito; nada sentía salvo el ronco y monótono golpear del corazón en su pecho, el constante fluir de su sangre. Sintió que no existían ni el tiempo ni el espacio, que nada existía, salvo la más completa oscuridad y su constante respiración. No había ni suelo bajo sus pies, ni techo sobre su cabeza. Estaba suspendido en la nada, flotando en una negra atmósfera de vacío. Le dolían todos los sentidos; los ojos de mirar y no ver; y la piel, indescriptible la percepción de su piel, en contacto tan sólo con él mismo, con su propia carne. Y como único sonido, el de su propia existencia, el de su propia vida, el latido de su corazón y el devenir de sus fluidos, los humores hirviendo en sus entrañas y las venas trayendo y llevando la sangre a su rítmica y constante velocidad, como única sensación, como único sonido. Y entonces se dio cuenta y comprendió. Supo que estaba muerto y que ya no era él, que tan sólo era esa sensación y, como tal, perduraría más allá de lo imaginable y que ya no existiría el tiempo para él. Y supo que incluso él era solamente una ilusión y todo lo que sentía ahora era infinito. Quiso gritar, elevó su voz, pero ningún sonido salió de su boca, pues el grito se apagó antes de salir, ya que nada había donde propagarse... Y quiso llorar, pero tampoco las lágrimas acudieron a sus ojos... Y ni tan siquiera pudo desesperarse, pues la desesperación no es un estado que afecte a los muertos.
El siguiente usuario le dice Gracias a epitafio por este útil post:
como es posible que en tus letras puedas describir un camino final.. aquel que nadie ha recorrido... es tal vez tu inmensa imaginación o es el recorrido que hacemos cuando nos sentimos morir... cuando no queda nada más para nosotros...
interesantes líneas... me dejan con la sensación de temor a encontrar esa puerta...
salu2
El siguiente usuario le dice Gracias a lexmi por este útil post:
como es posible que en tus letras puedas describir un camino final.. aquel que nadie ha recorrido... es tal vez tu inmensa imaginación o es el recorrido que hacemos cuando nos sentimos morir... cuando no queda nada más para nosotros...
interesantes líneas... me dejan con la sensación de temor a encontrar esa puerta...
salu2
Mil gracias Lexmi por tu más que agradable comentario. Ya me gustaría a mí tener ese plus imaginativo que me otorgas.
Lo cierto es que ni el más sabio de los sabios conoce el camino final. Y mi texto tan sólo es un breve ejercicio de narrativa.
Interesante contraste: el protagonista penetra conscientemente en el estado que conocemos como muerte, y le hacen esperar en la entrada, de manera que él mismo tiene que insistir en su llamada para que le abran la primera puerta, paso obligado antes de sumergirse en la progresiva nada que le aguarda más allá de la segunda puerta, la definitiva.
Me ha gustado de principio a fin.
Saludos.
una buena historia, pero por alguna razon, al leerla he comenzado a sentirme triste. epitafio, si tus palabras aqui reflejan en algo tu estado de animo, debes haberlas escrito en un momento de soledad y tristeza porque no se me ocurre otra explicacion para la desesperacion que senti al estar en la posicion del personaje de tu cuento.
como siempre, tu historia me atrapó de principio a fin,
gracias