Llevaba el papel en su mano y comprobó la numeración: "48... 54... aquí es, nº 54". Miró a ambos lados de la calzada y la cruzó lentamente.
El barrio en el que se hallaba era de reciente construcción, compuesto en su mayoría por viviendas unifamiliares de dos plantas, rodeadas de un reducido jardín, con amplias aceras de adoquines y con unas pequeñas y simétricas losetas, separadas holgadamente entre sí y sobre las que se habían plantado algunos árboles aún incipientes; y entre ellas, unos bancos de madera, colocados para el descanso de los transeúntes y unas lisas farolas lacadas en negro mate, sobre las que se asentaban unos farolillos de blanca y luminosa luz artificial.
La casa que tenía delante, a primera vista, en nada se diferenciaba de las demás de su entorno, pero una segunda visión le permitió observar las diferencias, que se reducían casi exclusivamente a la vegetación en el jardín; pues si éstas estaban rodeadas por un seto vivo de tullas y un césped embellecido con azaleas, geranios y rosaledas, aquella constituía, en sí, un conjunto distinto: El cierre era de madera de boj; la verja de la entrada estaba franqueada por dos enormes cipreses, de aspecto ancestral, al igual que el parterre, algo descuidado, y sobre el que se veían, diseminadas, las margaritas y los tréboles, entre matojos de mimosas y crisantemos, semejando todo ello una antigüedad que contrastaba con el aspecto general del barrio. Comprobó nuevamente la numeración, y pensó, puesto que coincidían las señas, si no se habría equivocado... de siglo.
Traspasó la entrada y se encontró frente al umbral; no vio timbre ni aldaba, así que golpeó enérgicamente con sus nudillos sobre la maciza puerta de madera y esperó. Segundos después, escuchó unos pasos que se acercaban, para detenerse delante de él y en ese momento, todo quedó en silencio. La brisa, que instantes antes soplaba, se detuvo; y todo sonido cesó, salvo la cadenciosa respiración del ser que tras la puerta se hallaba. Ni una sola persona paseaba en la zona, ni un vehículo, ni un ave sobrevolando los cielos, ni un insecto entre las flores. Ni un solo murmullo, ni un solo sonido. No vio a nadie, ni oyó nada. Parecía que el tiempo se hubiese detenido. Sólo esa anhelante respiración. Y entonces, sintió miedo, pavor, un terror ciego; un pánico exacerbado que se apoderó de él y tuvo ganas de gritar, de gritar y de huir, de salir corriendo. Pero no pudo. El cuerpo se negaba a obedecer y se quedó allí, inmóvil, quieto e impertérrito, ante esa puerta que comenzaba a abrirse lentamente…
Y en ese instante, el desasosiego que le atenazaba desapareció. Fue como si todo volviese de repente a la vida, como si el día se iluminase súbitamente, sintió de nuevo los viandantes, y el sonido de los vehículos, vio a las aves en el cielo y a las abejas libando en el jardín. Y, ante todo y sobre todo, la vio a Ella, sola, ante él, sosteniendo con su mano izquierda la puerta ya abierta, mientras con la derecha se atusaba su larga cabellera negra que le caía sobre la cara, permitiendo así que él la viese en toda su belleza. Vio la palidez de su rostro y sintió su profundísima mirada, impregnada de sabiduría, que lo desnudó. Era como si todos sus ancestros lo estuviesen mirando a la vez desde los tiempos pretéritos. Vio las formas angulosas de su tez, sin una arruga, en contraste con la impresión de conocimiento (del que sólo da la experiencia) de su mirada (dos bellísimos ojos negros), dotándola de una belleza sin par, atávica. Admiró la perfección de sus formas. Una hermosura que se transparentaba a través del tenue vestido negro, que caía sobre sus hombros, sujeto por dos finos tirantes. Y supo que ya jamás volvería a ser el mismo, pues dejó su alma en esa mujer, ya inseparable, siendo la única destinataria de su pasión. Supo que ya la existencia no tendría sentido sin ella y que moriría para siempre y por siempre y que estaría indefinidamente a su lado. Y cuando la mujer se giró, la siguió y se adentró tras ella en la vivienda, cuyo suelo, al acogerlo, desapareció bajo sus pies, para convertirse en un abismo, un abismo tremendo e infinito, en el que comenzó a caer en pos de la hermosa y blanca dama vestida de negro... Y ya nunca más se supo de él.