Bautismo de sangre
Cerró sus ojos, dejando que el dolor y la tristeza muriesen de una vez dentro de él. Ya no valía la pena dejar que sus sentimientos saliesen a flote, estaba solo con sus fantasmas y hasta estos tenían que desaparecer. Dioses, espíritus, criaturas mortales e inmortales lo habían abandonado, pero no importaba, el mundo podría derrumbarse, el cielo caer sobre los seres vivientes, la luna y el sol colisionar y desaparecer para siempre; pero ahora que tenía "El Poder" nada impediría su venganza.
Con una calma y seguridad poco habitual en él, montó sobre el dragón que yacía vencido a su lado y se elevó por los cielos. En ese momento el mundo entero se abrió ante sus pies, un cúmulo de sensaciones desconocidas le asaltaron, pero su alma se había secado; solo quedaba el recuerdo de Annalis ¿y cómo no rememorarla si había significado tanto? Era tan hermosa, tan dulce que habría sido una completa idiotez no haberla amado. Junto a ella vivió los mejores años que podía recordar, todo fue perfecto, ¡pero aquellos miserables la habían asesinado por miedo a algo que no comprendían!, mas finalmente era tiempo de que pagasen.
Las luces del pueblo se divisaron en el horizonte y al verlas el dragón comenzó a descender hasta que se detuvo justo ante las puertas de entrada. A pesar de lo avanzada de la noche algunos curiosos se habían amontonado para observar a la persona que se permitía utilizar un dragón como mascota, pero cuando le vieron el rostro la mayoría huyó aterrorizada.
- ¡Eniev!- exclamó un anciano con una voz mezcla de asombro y temor- has cambiado mucho desde que nos abandonaste.
El hombre pasó por el lado del viejo sin detenerse a contestarle, entró al pueblo y solo entonces se viró y respondió:
- Eniev murió. Mi nombre es Thanathos, señor de la muerte.
Un viento helado sopló, el suelo se cuarteó y demonios de fuego surgieron desde las entrañas de la tierra. Todo comenzó a arder, las personas gritaban y trataban de escapar, pero era inútil, nadie era capaz de librarse del ataque de aquellas criaturas infernales.
Thanathos observó todo aquello sin inmutarse hasta que de improviso un niño corrió hasta él y abrazándolo por la rodilla le suplicó:
- ¡Por favor ayúdeme, no deje que me lleven!
Thanathos miró al pequeño y se estremeció, aquellos ojos avellanas que lo miraban eran iguales a los de ella, entonces un atisbo de arrepentimiento y lástima le invadió... suavemente levantó al pequeño entre sus brazos y le hundió los dientes en el cuello. Con la última gota de sangre que bebió perdió la escasa humanidad que aún le quedaba.