Miedos
"[...]¿Quién te dijo que te fuiste?, si uno no está donde el cuerpo sino donde más se extraña[...]"
Ricardo Arjona
Con gran lentitud salió de la habitación, dudando si volver sobre sus pasos y acabar de decir eso que comenzaba a ser un gran peso para su alma, o si continuaba el camino, y callaba de una vez aquella voz que lo convidaba a delatar sus emociones. Sabía que en apenas tres días dejaría de verla, quizás para siempre, y que por mucho tiempo se arrepentiría de no haberle dicho la verdad, pero un miedo atroz le invadía cada vez que la tenía delante, un temor incontenible que hacía que las palabras, siempre dispuestas a salir de su boca, se entremezclaran y formaran un balbuceo indescifrable cada vez que se encontraban.
El no era una persona común, de hecho, ni siquiera era humano, sus pupilas blancas, las orejas puntiagudas y sobre todo las grandes alas en su espalda revelaban su origen sílfico, raza famosa en el mundo por su maravillosa capacidad de expresión; las magníficas espadas cruzadas sobre su espalda y el medallón que le colgaba del cuello, ofrecido por "El Consejo Blanco" como homenaje a sus heroicos actos, evidenciaban su poderosas habilidades como mago-guerrero, y el libro que llevaba en las manos junto al brillo de sus ojos indicaban la profunda cultura y los grandes conocimientos que aquella mente bien entrenada poseía.
Sin embargo este ser, aparentemente invencible en el campo de batalla y en las discusiones del senado, palidecía ante la eminente presencia de aquella humana. Su cabello, tan blanco como la más pura nieve de las heladas regiones de Lugurbjak, lo dejaban completamente sin habla y la dulzura impregnada en su voz, junto a la inmensa ternura de la mirada, le hacía olvidar incluso los compromisos más importantes. No había noche en que su figura no lo abordase en sueños, ni día perfecto hasta que sus miradas se encontraban en un pequeño y fugaz saludo. En sus tiempos libres deambulaba por los caminos donde ella solía estar, con la secreta esperanza de hallarla como por casualidad, y enfrascarse en alguna inocente conversación que le permitiese algún tiempo a su lado. Pero ahora ambos abandonarían su papel de profesores en la talentosa escuela de guerreros y magos "Neytlian", de vuelta a sus respectivos hogares...
El sonido de unos pasos apresurados en su espalda le hicieron volverse, la mayoría del claustro de maestros y estudiantes habían partido en días anteriores, por lo que no era común encontrarse a alguien tan apartado de las zonas destinadas al recreo.
- Profesor Svend- la voz jadeante y asustada de Xavier Slame, vicedirector de internado, inquietó al joven silfo- lo necesitamos con urgencia en la plaza central, una criatura desconocida ha conseguido burlar nuestras defensas y ahora aterroriza a todos. Algunos alumnos y educadores yacen moribundos y nada parece herir o lastimar a esa maldita cosa… Por favor usted es nuestra única opción.- Para cuando Slame había terminado de hablar Svend se encontraba ya en lo alto del cielo atravesando el laberinto de edificaciones que separaba las habitaciones de los alumnos del tranquilo edificio de los profesores.
La plaza Central, ubicada entre los comedores principales y el edificio que constituía la dirección del centro, se encontraba sumida en un caos total, inmensas cantidades de muertos reanimados pululaban por doquier, mientras las pobres criaturas que aún habitaban Neytlian intentaban escapar de ella, y en medio de todo, como si estuviese dirigiendo un espectáculo, se alzaba una criatura envuelta en sombras y fuego; un demonio con forma humanoide perteneciente a las profundidades de la tierra, convocado seguramente a la superficie por algún invocador de poder menor, al cual no había tardado en dominar.
El ser estaba envuelto en una capa negra que incluso le cubría el rostro, portaba un látigo de siete colas en la mano derecha, siempre presto a lastimar y herir a las desgraciadas criaturas que se pusiesen a su alcance, mientras que en la izquierda esgrimía una espada mellada, pero cargada de un veneno letal. Muchos guerreros habían caído ante los pies de esta infame criatura, y grandes lluvias de flechas y hechizos lo golpeaban a menudo, pero todos los ataques parecían perderse, como si nada fuese capaz de detenerle.
- Un Beznor- exclamó con un poco de temor Svend al ver la criatura, conciente de la terrible amenaza que se alzaba contra la escuela. Presuroso descendió al campo de batalla ignorando a los zombies, sabía que nada de lo que hiciesen sus amigos, salvo quizás un muy afortunado golpe de suerte, podría detener al demonio, por lo que sin pensarlo se abalanzó sobre el poderoso enemigo.
El Beznor por su parte lanzó una terrible carcajada cuando vio al silfo. Creyendo que se enfrentaba a un rival común descargó el látigo contra Svend intentando aprisionarlo. El arma voló ligera y certeramente sobre su objetivo, pero instantes antes de encontrarlo dos filosas hojas aparecieron, de manera tan rápida, que el demonio mismo no pudo verlas, y cortaron las siete colas dejando el látigo inutilizado, luego, aprovechando la ira que le provocaba al Beznor el hecho de haber fallado su ataque; Svend se desvaneció en el aire, para reaparecer en la retaguardia enemiga. Las espadas lanzaron un fuerte resplandor, antes de hundirse en la carne del demonio, y hacerle dos grandes cortes en la parte posterior del muslo, y en la espalda. Un profundo rugido salió de las fauces del monstruo, y un mar de fuego batió la posición donde estaba el profesor, pero este ya se había deslizado nuevamente por entre los surcos del viento, y ahora se encontraba frente a su enemigo.
- Es inútil silfo, no puedes dañarme, soy Gradxerbatgh de Xauxzd, poderoso señor de las profundidades, no tienes poder para dañarme. Para ustedes soy un dios, inclínate ante mí, y en honor a tus habilidades te nombraré mi general en la conquista de la superficie- Svend sonrió ante las palabras del Beznor, a pesar de su arrogancia, y del increíble poder que irradiaba, el demonio no era más que un niño según el computo de su raza, por lo que aún le faltaba mucho conocimiento y madurez para vencer a un guerrero tan experimentado como él.
- Conozco tu secreto Beznor, no puedes engañarme con tus mentiras- contestó a la vez que volvía a atacarlo. Las espadas brillaron una vez más, y con una danza perfectamente equilibrada, Svend desató una lluvia de golpes sobre el enemigo, quien apenas conseguía detener la mitad de ellos. Sin embargo las heridas se regeneraban con facilidad, y el demonio recuperó la confianza, creyendo que en verdad aquel silfo no sabía la forma de vencerle... Craso error, con un movimiento muy bien calculado, Svend desvió la espada de su enemigo y encajó una de las suyas en la rodilla de la bestia, a la vez que giraba a su alrededor, y lo empujaba con el hombro, consiguiendo que perdiese el equilibrio. El Beznor cayó ante los pies del silfo, y aún cuando sabía que no debía hacerlo, alzó la cara para observarlo, justo a tiempo para ver como la otra espada le atravesaba el rostro.
El silencio reinó entonces, la batalla alrededor de Svend pareció detenerse, y el cuerpo de Graedxerbatgh de Xauxzd, comenzó a retorcerse en fuertes convulsiones que culminaron con una pequeña, aunque terrible, explosión, que se extendió por todo el campo consumiendo a los ahora aterrados zombies.
Algunas horas más tardes, el director general reunió a todos para rendirles honores a los caídos, y felicitar al valeroso profesor que los había sacado del peligro. Orgulloso Svend, escuchaba las halagadoras palabras de Randolf Arond, mientras esperaba no volver a tener que luchar contra un Beznor, cuando otra voz, mucho más dulce, le dijo a su espalda.
- Nunca dudé que encontrarías la forma de vencer a esa criatura, sabía que nada nos pasaría mientras estuvieses aquí.
Al voltearse y encontrar frente a él los tiernos ojos de la profesora Yhania, supo que preferiría enfrentarse a una legión de demonios, antes que decirle a ella cuanto la quería.