“Lourdes, lo siento tanto. Sé como debes sentirte en estos momentos. Acaban de llevarse a Andrew y es tan injusto,” dijo Victoria.
“Señorita Diago, usted no entiende: no logrará entender cómo me siento. Después de todo, soy yo la única culpable en todo esto. Mi hermano… Dios, ¡se acaban de llevar a mi hermano… y todo por mi culpa! No debí haber confiado en ese arrogante de Marcus Abbington,” respondió desafiante Lourdes.
“Me puedes llamar Vico. No me gustan las formalidades, además eres hermana de Andrew. Tranquila, Lourdes, ¿por qué no entras conmigo a casa?; pediré que te preparen algo para los nervios. Ven conmigo, no puedes partir en esas condiciones. Estás muy alterada; acompáñame.”
No la dejó hablar, la tomó del brazo y la llevó hacia la sala de estar del palacio.
“Luly, siéntate aquí. Respira profundo y cuéntame bien dónde, cuándo y cómo conociste a Marcus.”
“¿Acaso eso interesa? Sólo sé que fue el peor error que pude haber cometido en toda mi vida. Ese desgraciado no merece la vida. ¿Cómo puede tratar así a una persona? Egoísta, ególatra… ¡Vanidoso!”
“Luly, tranquila. Ya todo pasó; por lo visto, ese descarado no volverá a pisar esta casa nunca más. Por lo menos, no si tú estás aquí. Ahora, necesito saber todo de cómo lo conociste, es importante. ¿Qué pasaría si intentara hacerlo con otra persona? Si es que ya no lo ha hecho…”
“Ese pérfido, infame, animal… Lo conocí en la Academia de Música a la que asisto. Él estudia violonchelo, según me dijo. Lo conocí una mañana de Junio… han pasado cuatro meses desde entonces y nunca se me había insinuado de aquella forma. De hecho, la única vez que actuó con cariño, por así decirlo, fue cuando me invitó a esta fiesta hoy por la mañana. Supongo que hoy era yo su blanco.”
“Espera un momento. Creo que Marcus sí me había comentado que asistía a una Academia, pero conociéndolo no le creí. Él vive al Norte. Supongo que, como tú, asiste a la Academia Garland, es la única que queda por allí cerca. ¿Me equivoco?”
“No, Vico, no te equivocas. ¿Pero por qué la pregunta?”
“Curiosidad, curiosidad. Espera un segundo…” “Merceeeeeedes!”
Casi al instante, una joven se acercó a Victoria y en gesto de humildad, preguntó: “Si, señorita, ¿qué se le ofrece?”
“Mercedes, ¿querrás prepararle un té a esta muchacha? Te lo agradecería.”
“Por supuesto, señorita Victoria. Ya regreso. Con su permiso.”
Olvidando la pregunta anterior, un pensamiento invadió la mente de Lourdes. Dudosa, preguntó:
“Cuando regrese a casa, ¡¿qué le diré a mi madre?! ¿Qué posible excusa podría inventar? No sé qué hacer, qué pensar, qué decir; esto de mentir me es difícil.”
“Por un momento olvidé ese detalle. Pero tranquila, déjame pensar. Ya se me ocurrirá algo. Espera aquí. Llamaré al carruaje para que te lleve a casa.”
“Perfecto. Aquí espero.”
Agarró la cola de su vestido, y se dirigió hacia el carruaje que llevaría a Lourdes a su hogar, no sin antes decirle algo importante al chofer que lo conducía:
“Martín, debo pedirte un favor.”
“¿Sí, señorita? ¿En qué puedo servirle?”
“Necesito que dejes a una amiga, Lourdes, en su hogar. Pero, hay un detalle… al regresar necesito que me expliques dónde vive exactamente, cómo es su casa, y algún otro dato que consideres relevante.”
“Muy bien, señorita Victoria. No se preocupe. Tendrá lo que me pide.”
Al regresar al palacio LePont, aún nerviosa, estaba Lourdes tomando el té que Mercedes le había preparado.
“¿Y bien? Vico, ¿ya sabes qué puedo decirle a mi madre? Todo esto es mi culpa, insisto.”
“Lourdes, no fue tu culpa. Ambas sabemos que todo esto fue por la inenarrable e inmadura actitud de Marcus. Ahora tranquilízate y escucha atentamente.”
“Te escucho.”
“Llegarás a tu casa y tendrás que decirle a tu madre que Andrew desapareció. Sí, eso dile. Explícale que se esfumó en media fiesta, lo buscaste y en tu enojo por no encontrarlo, decidiste marcharte. Me parece un buen pretexto; ¿Qué te parece?”
“Umm… No lo sé. No lo sé. En estos momentos, definitivamente, es mejor decirle aquello a que Andrew fue apresado. De acuerdo, le diré eso. Muchas gracias, Vico, por tu apoyo. Te agradezco infinitamente.”
“No tienes que hacerlo. No te sientas culpable. Todo esto terminará pronto, lo prometo. Ahora vete; el carruaje te espera… y el tiempo apremia. ”
Lourdes abrazó fuertemente a Victoria, y justo cuando ella se iba le preguntó:
“Lourdes, disculpa que pregunte esto, pero ¿podrías decirme cuál es tu apellido?”
“Schellenberg. Cuídate Victoria, debo irme ahora. Gracias por todo.”
“No fue nada… Adiós.”
No quiero saber cómo reaccionará mi madre. La destrozará el saber que su hijo “escapó” de nuevo. No es justo, pero si le llego a mencionar que lo encarcelaron, en ese preciso instante moriría. No sé qué pensar, ¿le digo que se esfumó así de la nada? ¿Le cuento, quizá, la verdad? Solo Dios sabe que ocurrirá. Espero, de todas maneras, que esto termine pronto y de la mejor manera. ¡Perverso Marcus, no lo puedo creer! No debí haber creído en sus falsas promesas, ¡que ingenua me siento! Cuanto ansío que Andrew se encuentre bien dondequiera que esté.
Como es un extracto de una obra
(inconclusa ahora), tendrán que jugar con sus mentes para saber qué mismo pasó
¡Saludos!